Eliminación de los paraísos fiscales como requisito para progresar en contra de la corrupción
Secreto bancario y paraísos fiscales, los mejores protectores de los corruptos
En la cumbre de Jefes de Estado convocada esta última semana por la Organización Internacional del Trabajo en Ginebra, el presidente Lula da Silva reclamó al mundo la eliminación de los paraísos fiscales como un requisito necesario para obtener progresos efectivos en la lucha contra la corrupción, el crimen organizado y la especulación financiera. No es casualidad que lo haya hecho nada menos que en Suiza, una de las catedrales del secreto bancario y ejemplo tangible del bochornoso cinismo de muchos países ricos, que por un lado presumen de muy honorables, pero por detrás se sirven del dinero producido por actividades ilegales que carcomen las estructuras e inviabilizan el desarrollo en países como el Paraguay.
Hace treinta años, nadie hablaba de estos temas en los foros internacionales, y a nivel doméstico, además de nuestro diario, eran pocos los que les prestaban atención. Se consideraba la corrupción como algo aislado, circunscripto al área de la política criminal interna de los distintos países. Esta visión ha cambiado considerablemente en los últimos tiempos, no solamente porque la globalización y el ritmo de la información y las comunicaciones han dejado en evidencia la fragilidad del argumento, sino porque el fenómeno de la corrupción se ha venido estudiando profundamente desde la década de los ochenta, cuando comenzó a hacerse patente que allí radicaba gran parte de la explicación de muchos de los grandes obstáculos a la prosperidad y la paz de los países.
Gracias a ello, hoy día ya se tiene una noción bastante clara no solo de su alto costo económico, sino también de cuáles son sus causas, cómo es su comportamiento y qué hay que hacer para combatirla eficientemente.
Una de las conclusiones aceptadas es que a la corrupción hay que atacarla desde los dos extremos, tanto desde quienes la promueven como desde quienes la aceptan; por desgracia, lo que se observa es que los países desarrollados y los organismos multilaterales han sido muy lentos en exigirles a los primeros y muy activos para exigir a los segundos. Pero seguramente donde más se requiere poner el acento, y menos disposición se encuentra por parte de los países ricos, es en el aspecto que puntualiza el Presidente brasileño.
El doctor Robert Klitgaard, profesor de Harvard y uno de los más reconocidos investigadores de este tema, observa que la corrupción es un crimen que tiene que ver con el cálculo, no con la pasión. Si el potencial beneficio es alto y la posibilidad de sufrir las consecuencias es baja, entonces la corrupción tenderá a crecer.
Siguiendo ese razonamiento, un factor que obviamente ejerce una influencia capital en la alimentación de la corrupción es que existe toda una infraestructura internacional para dar refugio al dinero proveniente del robo público, la evasión fiscal, el fraude, el narcotráfico y cuanta actividad ilegal se pueda uno imaginar. ¿Cómo es posible que, siendo este un hecho reconocido por todos, se haga prácticamente nada para remediarlo?
Joseph Stiglitz, el premio Nobel de Economía que estuvo el año pasado por el Paraguay, menciona en uno de sus libros que, luego de la crisis asiática de 1997, el Fondo Monetario Internacional y el Departamento del Tesoro de los Estados Unidos compelieron a los países afectados a endurecer y transparentar sus prácticas financieras. Pero cuando estos países señalaron que no podían rastrear el recorrido de los fondos porque chocaban contra el secreto bancario de los bancos extraterritoriales occidentales situados en paraísos fiscales, “el tono cambió por completo”.
En los bancos extraterritoriales hay dinero no porque la bondad del clima de las islas Caimán, por ejemplo, beneficie la actividad bancaria, dice Stiglitz, sino porque esos bancos, la mayoría con capitales provenientes de países desarrollados, sirven para esconder dinero sucio; así de simple.
Estados Unidos ha tomado medidas contra el secreto bancario luego de los atentados del 11 de setiembre de 2001, pero solamente en lo que atañe al terrorismo. El éxito ha sido visible, lo que demuestra que esa es la vía correcta.
Sin embargo, la experiencia no se ha extendido a otras áreas, lo que, a su vez, demuestra el enorme poder que ejercen los intereses creados ligados a la corrupción, cuyas matrices no están precisamente en el Tercer Mundo, aunque es allí donde establecen sus plataformas.
El profesor Klitgaard ha desarrollado la siguiente ecuación: corrupción es igual a monopolio, más discrecionalidad, menos transparencia. “No importa si la actividad es pública, privada o sin fines de lucro, o si es en Nueva York o en Nairobi, tenderá a haber corrupción allí donde alguien tenga poder monopólico sobre un bien o un servicio, pueda decidir discrecionalmente a quién entregárselo o en qué proporción, y no tenga que hacerse responsable ni rendir cuentas de ello”, subraya.
Por lo tanto, un combate efectivo a este flagelo pasa por más economía de mercado y libre competencia, menos burocracia y, sobre todo, más transparencia. Ya existe la fórmula, todavía falta la voluntad.
Esto debe cambiar, y la actual crisis internacional, que ha revelado fabulosas prácticas corruptas al amparo de normas corporativas especialmente diseñadas para dejar resquicios al fraude, la evasión y el lavado de dinero, es una excelente oportunidad para dar pasos serios en esa dirección. En tal sentido, el presidente Lula ha puesto énfasis en un asunto de gran importancia, porque ya no se puede tolerar el doble discurso con el que por tanto tiempo nos han estado engañando casi todos los países desarrollados, a los que no les interesa que la corrupción en nuestros países produzca millones de pobres en nuestros campos y montañas.






